Magia y efectos especiales

Hace tres años me compré un libro titulado “Los engaños de la mente. Cómo los trucos de magia desvelan el funcionamiento del cerebro”. Aunque la sinopsis ya anunciaba la revelación de técnicas y secretos empleados por los magos, yo no lo di mucha importancia. Más bien imaginé que se trataría de explicaciones generales que mostrarían los procesos psicológicos subyacentes al “engaño”. Y sí, es cierto. Habla de generalidades, pero también de spoilers bastante detallados.

No pude acabar el primer capítulo. Siempre he sido un animal curioso y, sin embargo, en esta ocasión me pesaba más el miedo a descuartizar toda esa atmósfera de fascinación que envuelve la magia. Ese placer de imaginar que hay algo puramente extraordinario incluso aunque tu Yo más racional te esté gritando que ahí hay gato encerrado. Y es que la magia te regala la posibilidad de volver a sobrecogerte como un niño de 8 años a pesar de que estés a punto de cumplir los 30 (o los que sean).

No estaba dispuesta a romper todo ese secretismo. En parte, esa es la grandeza de la buena magia, su inefabilidad, y quería mantener eso intacto. Así que cerré el libro y lo condené al ostracismo…  Hasta hace unas semanas, cuando al ver un programa de magia la curiosidad comenzó a ganar terreno. El mago, anfitrión del show, empezó a desplegar sus dotes realizando una gran variedad de trucos ante sus invitados, quienes por supuesto quedaron embelesados por el talento del joven prestidigitador.

No había acabado aún el programa y una avalancha de interrogantes ya estaba acribillando mi cabeza. Me encontraba delante del televisor entre confusa y cabreada por no poder esgrimir ni una sola explicación plausible (el colmo de un investigador). Lo reconozco: me piqué. Y fue tal la provocación que no pude dejarlo ahí. Tuve que rescatar aquel libro.

Desde entonces me he dedicado a escudriñar todas esas artimañas utilizadas por los magos para hackear la mente de sus víctimas. Más de un amigo ha considerado esto una aberración (“¿por qué alguien querría descuartizar toda esa maravilla?”). Sin embargo, diré que ahora disfruto mucho más con la magia elucubrando un sinfín de hipótesis tentativas. Intentando averiguar qué palanca es la que ha accionado esta vez el artista. Y repito: intentando, porque al fin y al cabo el mago siempre tendrá las de ganar la partida. Va un paso (o diez) por delante del espectador. Tiene el talento de volver contra nosotros toda esa maquinaria que tan adaptativa nos resulta para movernos con éxito por el mundo. Controla nuestros procesos cognitivos con una elegancia casi aterradora. Siempre al acecho para desviar nuestra atención a su antojo. Jugando con nuestras percepciones, recuerdos y expectativas. Creando ilusiones que por supuesto distan mucho de la realidad objetiva. Y aprovechando los puntos ciegos de nuestro cerebro para ejecutar su método en el momento oportuno.

En definitiva, este libro ha conseguido que me entusiasme por la magia más aún. Ahora comprendo la inmensa cantidad de trabajo que hay detrás de cada truco, desde su concepción en forma de idea hasta su ejecución en el espectáculo, siempre impecable. Me despierta verdadera admiración el talento de los magos y también, por qué no decirlo, cierta envidia pues me doy cuenta de que yo, por mucha práctica, difícilmente sería capaz de desarrollar tales destrezas. Y es una pena, porque ¿quién no querría tener el poder de fascinar a los demás?

Para más información:
http://www.sleightsofmind.com/

Fuentes:
Macknik, S. L., Martinez-Conde, S., and Blakeslee, S. (2010). Sleights of Mind: What the Neuroscience of Magic Reveals about Our Everyday Deceptions, New York: Henry Holt and Company.

 

Los comentarios están cerrados.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑