Todo esfuerzo tiene su… justificación

Hoy quiero rescatar un clásico de la psicología social, el efecto de la Justificación del Esfuerzo [1]. Esta teoría nos viene a decir que cuando invertimos un gran esfuerzo en conseguir una meta, esa meta nos resultará mucho más atractiva que si la consiguiésemos sin esfuerzo alguno. ¿Quién no ha intentado convencerse de que el árido camino ha merecido la pena aunque el resultado obtenido no haya sido el esperado? Me atrevo a decir que todos nos hemos encontrado en este panorama aunque no seamos conscientes de ello. La cuestión es que, incluso aun estando ese resultado en las antípodas del escenario idílico imaginado, no pasa nada. Nuestra mente está perfectamente preparada para reducir esa incongruencia que, de otra manera, resultaría insufrible si fuésemos honestos y reconociésemos que hemos malgastado nuestra energía y tiempo. Siendo más precisos, lo que está operando debajo de todo esto no es otro mecanismo que la reducción de la disonancia cognitiva.

Planteemos la siguiente situación. Imaginemos que hace unas semanas conseguimos entrar en un proceso de selección para acceder a ese puesto de trabajo que tanto tiempo llevábamos deseando. El proceso ha sido muy, muy duro, pero tras muchas lágrimas, sudor y noches de desasosiego, nos llega la notificación de haber sido seleccionados (“¡Somos los elegidos!”). Nuestro esfuerzo ha tenido su recompensa y rebosamos de dicha. No dudamos ni un momento si quiera en abandonar el otro trabajo y lanzarnos de cabeza sobre esta nueva oportunidad que, por supuesto, se nos antoja muy prometedora. Pasan las semanas y, sin embargo, descubrimos que no es oro todo lo que reluce. El ambiente de la oficina es tenso, nuestro jefe es un sociópata y trabajas más horas de lo establecido en tu contrato.

Si fuéramos objetivos reconoceríamos nuestra gran decepción y malestar. Pero no nos alarmemos. Nuestro sistema cognitivo teñirá nuestra realidad para que sea más amable, reduciendo cualquier estado desagradable surgido por la discrepancia. Pensaremos que el ambiente en verdad es así porque es competitivo, lo cual nos vendrá bien para sacar la mejor versión de nosotros mismos. ¿Nuestro jefe? Un tipo muy exigente que quiere lo mejor de su plantilla. ¿Y todas esas horas de más? Son horas de experiencia que nos servirán para curtirnos. Es decir, a fin de reducir ese malestar, pensaremos que nuestro trabajo “no está tan mal” y que es tolerable. ¿Ocurriría lo mismo si hubiésemos conseguido ese puesto de forma casi fortuita sin haber invertido apenas esfuerzo? Posiblemente no. No cabría lugar para la disonancia y por tanto, tampoco la necesidad de ver con buenos ojos esa situación. Es más, creeríamos que ese escenario no se ajusta a nuestros deseos, y posiblemente intentaríamos cambiar de trabajo a la primera oportunidad.

Tendemos a justificar nuestras acciones y nuestro esfuerzo para convencernos de que todo lo que hemos invertido ha merecido la pena, de que no nos hemos equivocado y de que hicimos lo que debíamos hacer. De este modo no nos sentiremos estúpidos. Como bien dijo Albert Camus: el hombre es una criatura que se afana toda la vida intentando convencerse de que su existencia no es absurda. ¿Y cómo nos convencemos de que nuestras vidas, nuestras acciones y nuestras decisiones no son absurdas? Justificando todo ese esfuerzo, reduciendo lo absurdo de haber apostado tanto por una situación que objetivamente no tiene nada de atractiva. No somos seres racionales, si no seres racionalizadores. Eso es lo que nos viene a decir la disonancia cognitiva. Nuestra motivación no es tanto estar en lo cierto como creer que estamos en lo cierto.

Este fenómeno se puso a prueba en un experimento en el que los participantes eran estudiantes que querían ingresar en una asociación y tenían que pasar por una prueba de iniciación para convertirse en miembros [2]. Concretamente, la prueba de iniciación consistía en aguantar una serie de descargas eléctricas. La mitad de ellos recibieron descargas dolorosas de alta intensidad mientras que la otra mitad recibieron descargas de intensidad moderada. Los resultados mostraron que aquellos participantes que recibieron las descargas más elevadas y dolorosas percibieron a la asociación mucho más atractiva en una evaluación posterior (en comparación con aquellos que recibieron descargas de menor intensidad). Es decir, la justificación del esfuerzo hizo de las suyas para que esos estudiantes creyesen que todo ese dolor soportado no había sido en balde.

¿Es esta la única manera de reducir la disonancia? Por supuesto que no. También podemos acudir a nuestra hemeroteca y revisar nuestros recuerdos, tergiversando cómo era nuestra vida antes de ejercer ese gran esfuerzo. Posiblemente subestimemos nuestra situación anterior pensando que era peor y que por tanto hemos salido ganando pese a que la situación actual no sea la esperada [3]. Incluso podemos llegar a convencernos de que el esfuerzo invertido no ha sido tan grande.

Alguien pensará que el ser humano no puede ser tan ingenuo como para caer en sus propias argucias. Pero realmente así es, y funciona de una manera formidable. Somos auténticos artistas justificando nuestras acciones. Normal. Después de una vida entera racionalizando todo lo que ocurre a nuestro alrededor, esto es pan comido para nosotros. Tanto que hasta lo hacemos en cuestión de segundos de forma automática y con gran convencimiento. Y menos mal. No quiero imaginar lo tormentoso que sería no encontrar sentido a todos los esfuerzos invertidos en el pasado para perseguir nuestros sueños.

 

Fuentes:

[1] Aronson, E., & Mills, J. (1959). The effect of severity of initiation on liking for a group. The Journal of Abnormal and Social Psychology, 59(2), 177-181.

[2] Gerard, H. B., & Mathewson, G. C. (1966). The effects of severity of initiation on liking for a group: A replication. Journal of Experimental Social Psychology, 2(3), 278-287.

[3] Conway, M., & Ross, M. (1984). Getting what you want by revising what you had. Journal of Personality and Social Psychology, 47(4), 738-748.

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