La torpeza, una cualidad infravalorada

Domingo, 24 de febrero de 2013. Premios Óscar. Jennifer Lawrence es galardonada con la estatuilla a la Mejor Actriz Protagonista por su trabajo en El lado bueno de las cosas. Nerviosa, estupefacta, se levanta de su asiento, se dirige al escenario y… ¡traspiés en las escaleras! Durante los días siguientes los índices de popularidad de la actriz se dispararon de manera estratosférica, y lo curioso fue que lo más “celebrado” no era el premio por su interpretación, sino su embarazoso tropiezo. ¿Sería una locura plantearse que la caída podría haber contribuido a aumentar el atractivo de la actriz? En este caso no tenemos forma de comprobarlo, pero lo que sí es cierto es que la torpeza a veces es un gran aliado para despertar la simpatía en quienes nos rodean. Esto no significa que para agradar a los demás tengamos que danzar por el mundo arrojándonos sobre cada escalón que encontremos a nuestro paso. O al menos yo no lo haría. Pero si es cierto que las personas de gran talento pueden resultar más atractivas si en algún momento cometen algún error.

Pensemos ahora en lo siguiente. Si nos preguntasen qué características tiene que tener otra persona para que nos guste, desde luego que la torpeza no estaría dentro de nuestra lista. ¿Y la inteligencia o la competencia? Precisamente estas cualidades son de las que más cotizan al alza. Parece de sentido común que cuanto más competente parezca una persona más nos atraiga. La razón de esto reside en una motivación básica del ser humano: la de buscar la verdad en todo aquello que nos rodea para sentirnos en lo cierto. Necesitamos creer que el entorno donde nos movemos es seguro y que tenemos algo de control sobre él. Y en la medida en que nos rodeemos de personas competentes estaremos más cerca de cubrir esta necesidad. Sin embargo, el fenómeno de la atracción interpersonal es mucho más complejo de lo que parece y cuando aterrizamos en la realidad, no siempre el/la más competente despierta nuestro agrado. Es más, las personas demasiado competentes pueden incluso hacernos sentir incómodos y es aquí donde el factor torpeza puede decantar la balanza. De primeras, no es fácil pensar que un desliz pueda ser un elemento clave para meternos en el bolsillo a los demás. Pero si nos paramos a pensarlo un par de segundos más… no es tan descabellado. Ser torpes nos hace humanos, y eso es lo que muchas veces buscamos en la otra persona. Fijémonos en lo explotado que está este recurso en el mundo del espectáculo. Los artistas saben que esta es una manera más de hacerse con el público y lo utilizan en sus muy diversas variantes.

Este fenómeno es conocido como el efecto Pratfall [1, 2]. En un estudio dirigido por Elliot Aronson los participantes escucharon una grabación donde el protagonista contestaba a una serie de preguntas de gran dificultad. Pero la grabación no era la misma para todos los participantes sino que había cuatro versiones distintas. Al primer grupo de participantes se les presentó una cinta donde el personaje contestaba correctamente al 92% de las preguntas y enumeraba una larga lista de méritos envidiables. Al segundo grupo se les puso una grabación en la cual el protagonista solo respondía correctamente al 30% de las preguntas y sus méritos dejaban bastante que desear. El tercer y cuarto grupo escucharon estas dos mismas grabaciones (la de alguien muy competente y la de alguien poco talentoso) con una diferencia; en los últimos minutos el protagonista derramaba torpemente una taza de café sobre su ropa. El “percance” fue simulado con ruidos de objetos rotos, corrimiento de sillas, y una voz angustiada lamentándose por haber manchado su atuendo nuevo. Los resultados del estudio mostraron que el personaje competente que derramó el café fue considerado el más atractivo. El segundo más atractivo fue el competente “a secas”, y los dos personajes de perfil mediocre obtuvieron evaluaciones más bajas siendo el que tiró el café el peor valorado con bastante diferencia. Es decir, la misma torpeza puede tener distinto efecto en función de las características de quien lo cometa, y lo que es más importante, entre dos personas igualmente competentes o atractivas, una torpeza puede decantar la balanza a favor de quien la comete.

Esta evidencia tampoco es de extrañar. Los seres casi perfectos pueden parecer inabordables, distantes, sobrehumanos, y les querríamos más si en algún momento diesen pruebas de que son tan mortales como nosotros. Lo cual es paradójico si tenemos en cuenta la cantidad de veces que nos esforzamos de manera incansable por mostrarnos intachables ante los demás, cuando la realidad es que preferimos lo imperfecto. Visto así, la próxima vez que nos encontremos pavoneándonos ante otros, será mejor que nos paremos a pensar unos segundos acerca de todo esto y finjamos un tropiezo.

Fuentes:
[1] Aronson, E., Willerman, B., & Floyd, J. (1966). The effect of a pratfall on increasing interpersonal attractiveness. Psychonomic Science4(6), 227-228.
[2] Helmreich, R., Aronson, E., & LeFan, J. (1970). To err is humanizing sometimes: Effects of self-esteem, competence, and a pratfall on interpersonal attraction. Journal of Personality and Social Psychology16(2), 259-264.

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